Yin-Yang

Por Franco Rosso

Miércoles 29 de julio de 2026

Hay gente efusiva. Cuando digo efusiva me refiero a que no se anda con chiquitas cuando expresa sus sentimientos, sin reparos y en público. Lo hace en cualquier ámbito, nada de retraerse ni mirar para el costado, el qué dirán, el pasar por loca, etc. No, no existe eso para esta clase de personas. ¿Extrovertidas, sería la palabra? Bueno, puede ser. A lo que iba: El Gordo es un tipo extrovertido. Encaja en ese sector de la sociedad perfectamente, sin grises. No tiene ningún tipo de vergüenzas a la hora de gritar un ¡viva la patria! o un ¡otra, otra!  Al artista de turno. Es la que grita vivan los novios, feliz navidad, feliz cumpleaños, se caga de risa cuando sufre una patinada y se cae o se le descose el pantalón en el culo. Esta gente como el Gordo creo que anda feliz por la vida. Porque intuyo que, si reírse o llorar o enojarse o alegrarse o indignarse en voz alta no lo asusta, es todopoderoso. Ahí está, esa es la palabra: superpoder. La gente extrovertida tiene un superpoder. Sin esas personas tal vez el mundo fuera aún más triste. Nosotros, los que no contamos con ese superpoder creo que somos el yin de esa gota blanca de sus vidas. Los que enrojecemos las mejillas cuando algo de esto ocurre y tironeamos de la remera al otro para que se calle. Los que miramos para abajo cuando cantan en voz alta en el colectivo o bailan cumbia cuando pasan por un parlante a todo volumen o piden un aplaudo para el asador. El punto negro del círculo de fuerzas fundamentales opuestas. Claramente soy ese punto negro y personas como el Gordo la gota blanca que rodea y contiene. Entonces dividamos la cosa así: hay gente Yin y gente Yang. Obvio que todo funciona así por naturaleza, por la limitación nuestra, los puntos negros (Yin) en esa gota blanca (Yang) que no nos deja caer y deshacernos. Resulta complicado imaginar también un mundo sin la gente Yang, colmado solo de puntos negros, invivible. Hasta ahí las fuerzas operan en equilibrio, el tema es cuando se juntan dos o más Yang. Ahí el mundo, para nosotros los Yin se vuelve una mezcla de hermoso y complicado.

Ayer. Anoche, mismo fuimos al teatro con Romina, el Gordo, y los ya no tan niños, a ver un espectáculo de danzas varias. En uno de los grupos de danza bailaba Negrita, así que fuimos a verla y acompañarlo. El Gordo chocho porque lo que es el dancing a él lo apasiona. Danzas tradicionales, sobre todo. Abro paréntesis. Recordemos que en su vieja época el Gordo y Pajaro fueron tarimeros consagrados en el boliche de moda, una de las duplas más exitosas, para ser honesto. Cierro paréntesis. Estuvimos en la fila 6, asientos del doce al diecisiete. En la fila cinco, asientos dieciséis y diecisiete había tres Yang. Tres gotas blancas que sumadas al Gordo ya era demasiada blancura para contener a dos Yines que somos Romina y yo. Se estaba complicando superar la prueba de la blancura. A medida que iba transcurriendo el espectáculo se iban presentando distintos bailes con distintos grupos. Las Yang de la fila cinco no pararon de moverse, aplaudir, gritar como si estuviera el mismísimo Michael Jackson en escena. Pero no. La que hacía vibrar a estas tres Yang era su abuela que formaba parte de uno de esos grupos y desplegaba sus movimientos en el escenario. Bueno, hasta allí comprensible la efervescencia, pero el cuarto Yang que tenía al lado mío se sumó a los vítores de las de la fila cinco. Entonces se formó una especie de vacuola de Yang que, en un momento, era tanta la efusividad y la alegría que se pararon en las butacas a bailar. El Gordo, obvio que también y eso derivó en que se fueran parando todos los Yang que había en la sala y se pusieran a bailar como si fuera una gran chaya sin harina. Lo tironeé varias veces del pantalón al Gordo para que se bajara de la butaca, que nos estaba haciendo pasar un calor tremendo, pero no hubo forma de que bajara. No solo eso, sino que casi a mitad del tema empezaron a agarrarse de las manos y a saltar de butaca en butaca hasta que se armó un tren por toda la sala. Nosotros, los Yin de la sala, nos hundíamos cada vez más en los asientos hasta casi desaparecer, tapándonos la cara del horror colectivo por esa felicidad extrema. La cosa se puso aún más rara cuando el tren al ritmo de una de Shakira subió al escenario. Se coló por la escalerita del costado sin importarle la coreografía que había ensayado este grupo de señoras y las tomó por asalto llevándola de locomotora a la abuela de las Yang de la fila cinco. El tren de la gente Yang siguió en un éxtasis espontaneo hasta el final del tema. Todo terminó con aplausos a rabiar por parte de ellos mismos y de los Yines que no nos quedó otra más que sumarnos a los aplausos. El espectáculo, y a Negrita, a fin de cuentas, creo que lo vi de a ratos y a los cabezazos, entre los brazos de las Yang de la fila cinco.