Tresdé
Por Franco Rosso
Sábado 18 de Julio de 2026
—¡Gran Dios! -murmuré, volviéndome hacia el astrólogo-. ¿Qué pueblo es ese que tanto se agita en la llanura? Todas esas caras me son familiares, como si las hubiera visto mil veces en la calle Florida, en el Luna Park o en el estadio de Boca Juniors. —Es el pobre Demos -respondió Schultze-: la mayoría nuestra que, inclinada igualmente al bien y al mal, sigue la dirección de cualquier viento. Sus actos y voces anuncian a las claras que hoy la solicitan vientos despreciables. Pero con ese mismo barro un Neogogo hará maravillas
Adán Buenosayres- Leopoldo Marechal
En la Parrillada había tres televisores: uno en la planta alta, uno al ingreso al salón y otro en el fondo. La parrilla se llamaba El Gaucho y estaba sobre calle Lavalle a pocos metros de la 9 de julio. La fauna interna era variada. Casi la totalidad turistas que ocasionalmente debieron reunirse en un lugar común a ver el partido. Obviamente que nadie, pero absolutamente nadie hace otra cosa en ese momento más que mirar un partido de cuartos de final de un mundial de futbol en donde juega tu selección. Ni el menos futbolero que, aunque sea, hace presencia frente al televisor. Había caído sábado a la noche y el plan era más que obvio. Pero tengo que irme un poco más atrás en el relato de esta postal de sábado a la noche. Rebobino un par de días. El jueves llega mensaje del Gordo, tipo telegrama: armen bolsos punto nos vamos al obelisco punto salimos el sábado temprano punto. El Gordo nos invitaba a toda la familia a ir a Capital a pasar el finde y de paso festejar en el obelisco. Dijo que era su sueño, festejar un triunfo de la selección en el obelisco y quería que lo acompañemos con Romina y las chicas. Le dimos el gusto al Gordo armamos petates y partimos. Ok, vuelvo a la fecha y horario. Dije que la parrilla tenía tres televisores y para menor placer todo sucedía en tres dimensiones. En la planta alta estaba la primera dimensión, la futurista, la que veía más allá de lo evidente. Ese sector iba siempre un paso más allá de todo. Puteaban antes, gritaban antes, sufrían por lo que nos vendría luego. Los visionarios del piso de arriba. En el segundo sector estaban los neutrales. Este sector estaba ni bien entrabas al salón, donde estaba el asador, los mozos, la caja, etc. Este sector, que denominamos la segunda dimensión, era una especie de limbo, recibían directamente las noticias desde la primera dimensión. Todo les caía a ellos que a su vez nos trasladaban a nosotros: los de la tercera dimensión. La Twilight zone. Los del fondo. No fue elección nuestra, sino que caímos por último recurso, como un descenso a los avernos, a pesar de que estuvimos allí dos horas antes del evento porque, como lo imaginamos, estuvimos prevenidos a llegar temprano para tener un lugar. Todo desbordaba. Esa tercera dimensión que nos tocó era la más sufrida. La tercera esfera del círculo infernal en la que se había transformado toda esa divina comedia, de gritar los goles con delay, con un eco de pedido de auxilio a una agonía de los sufrientes en ese ultimo circulo de los confines, como bien lo retratara Marechal en su libro séptimo del Adán Buenosayres. La ciudad de la gallina nos cacareaba de antemano el huevo colocado y la euforia se desataba en una ola tribunera, como aquél mundial mexicano o un’estate italiano. Y nosotros, los cinco, en la cresta de esa ola que rompería en un estallido de gol. Cacodelphia era eso: una cacofonía de gargantas. Todo muy poético pero el tema es cuando se erraban los goles. Porque la emoción nos venía como en ramalazos de incertidumbre. Arriba gritos que apenas nos llegaban y nos encendían alarmas de que algo estaría por llegar. Inmediatamente las miradas al ala de ingreso de la parrillada, como para tener un panorama más certero de lo que sucedía y ahí también los gritos más cercenados por el infortunio: la pelota había dado en la red, pero del lado de afuera. Así transcurrió el partido. El Gordo se atragantó con un pedazo de bondiola cuando intentó gritar una atajada fenomenal del arquero y tuve que socorrerlo con un buen vaso de Malbec sodeado. Nervios. Mucho nervio. El Gordo se quejó con el mozo por ese pedazo de bondiola con nervios y el mozo, que lucía una camiseta del Diego del 94 le dijo que claro, que todo era por el partido. El Gordo la dejó pasar y se rieron juntos. El fútbol parece que todo lo puede.
Sí, gritamos los seis goles. Los tres reales más los ecos de los otros televisores, como si fueran pre-goles. Aquí abro un paréntesis y observo un dato de color: los del segundo y tercer televisor no festejamos los goles hasta que la imagen de nuestro tevé no nos la mostrase, por más que los salones anteriores ya estuvieran de festejos desmedidos. Aquí el colectivo aplica la regla “ver para creer”. Cierro paréntesis.
El partido terminó con un infartante tres uno, que alguien podrá preguntarse ¿infartante un tres uno? Y sí, infartante porque veníamos todo el cotejo abajo y en los últimos diez minutos caen del cielo de algún Dios pagano o tal vez nos tiró la única que le quedaba el Cristo de la mano rota y nos salvó para siempre del dolor. Terminó el partido. El Gordo estaba que se salía de sí por ir al obelisco a cumplir su anhelo. A lo que fuimos. La cargó en andas a Negrita que, al igual que él, lucían orgullosos sus camisetas de Boca Juniors y enfilamos todos hacia la puerta de la parrillada. La gente en las calles marchaba en una peregrinación veloz. Por la peatonal hacia la gran avenida, la euforia era total. Cacodelphia en su primer barrio, el Suburbio de los irresponsable, nos mostraba el lado animal feroz de los caminantes y nosotros al salto de un festejo, continuamos la marcha hacia el centro del helicoide: el obelisco.
