Releer
Por Franco Rosso
Miércoles 30 de septiembre de 2026
Estaba revisando algunos escritos viejos que en algún momento escribí. Por lo general, son textos de largo aliento. Releo y encuentro esa dichosa distancia de reposo de la que hablan. No es más que la distancia temporal entre lo escrito y lo leído varios años después. Es cierto que se descubren otras lecturas, otra cosa, como si lo que estamos leyendo no lo hubiera narrado el mismo yo que ahora relee. Se descubren cosas para bien y para mal. Algunas en las que todavía uno se reconoce, otras en que se siente un extraño, otras que uno piensa en cómo carajos se me ocurrió escribir esta pelotudez y así. Es un ejercicio que sirve, obvio, como también soy un ferviente creyente del intercambio en el mientras tanto. Intercambio de lecturas de producción con colegas, con amigos que saben mucho más que uno, con ojo sagaz, crítico, que pueden iluminar sobre el texto de una manera brillante. Todos estos ojos son imprescindibles a la hora de la creación. Para nosotros los eternos inseguros a la hora de escribir, es una hermosa salvación que esto pueda suceder. No podemos crear únicamente en la soledad, necesitamos esa otra mitad que opera sobre el objeto a crear. Esa parte cruel y deliciosa para la que no todos están preparados y es entendible. Digo, que para poder disfrutar del ojo ajeno en el momento de la creación uno tiene que saber despegarse de lo escrito sin ningún rencor. Dejarlo allí sobre la camilla de disección para que puedan operarlo, pero sin anestesia. Puede doler, claro, pero es necesario extirpar ese lunar que asusta, ese bulto que deforma, ese pelo encarnado que duele, ese apéndice innecesario. El texto como un Cuasimodo de quirófano. Entiendo que todo escritor tiene su cirujano de cabecera o su grupo de cirujanos que rodean la camilla. Hoy no puedo dimensionar otra forma de la creación. No intento hacer un tratado de nada, ni una filosofía de lo colectivo en determinados procesos. No, no tengo las competencias para hacerlo ni el conocimiento necesario para exponerlo. Hablo desde algún dejo de experiencia o de camino recorrido. Vuelvo al principio. Hablaba de las diferentes miradas de un mismo texto luego del distanciamiento temporal. De como cambian, de como se diferencian y asombran (para bien o para mal). Lo mismo sucede con las lecturas de un libro ajeno. Comentábamos en uno de los programas de Puro Cuento sobre cómo cambia un libro leído años atrás y vuelto a leer hoy. Sucede lo mismo. Cambian mucho, las sensaciones, las miradas, el punto de vista, las ideas, las entrelineas y las historias subterráneas que muchas veces dejamos pasar en una primera lectura. Por eso también releo autores que me gustan, títulos que me gustaron y cosas que redescubro. Tal vez alguien piense que es perder el tiempo, pero no lo es. Teniendo en cuenta la gran vastedad de obras publicadas en el mundo, utilizo la frase hecha que dice que no nos alcanzarían tres vidas para leerlas a todas. Un camino, esa es la respuesta: hacer un camino propio de lecturas. Y dentro de ese camino es ampliamente permitido recorrerlo como a uno se le de la gana. Las relecturas son uno de esos caprichos lectores. Necesarios para mí, tal vez para otros no y también es correcto. El Gordo opina todo lo contrario. Para él releer es una pérdida de tiempo, teniendo en cuenta todo lo que hay por leer. Que solo vuelve a pequeños párrafos o ideas que recuerda, pero no a la obra completa. Bueno, son formas. El Gordo porque tiene una memoria fotográfica de las frases, de las citas, capítulos, etc. Yo por el contrario no tengo ese don. No recuerdo absolutamente nada más que haber leído cierto título y de más o menos de que va, si es narrativa, y si es poesía recuerdo sensaciones, si me gustaron cosas, la obra completa o algunos poemas. Pero me es imposible acordarme de un poema completo o alguna frase que supere los dos renglones. Envidio al Gordo. Es capaz de recitar o citar de memoria ciertos párrafos o ideas que dijo tal autor en tal libro, con una exactitud que me maravilla. Me asombran esas cabezas como la del Gordo. Yo voy al supermercado y tal vez anote en el teléfono las tres cosas que voy a comprar para no olvidarme. Tal vez por eso también relea textos. Para volver a sentir desde otro punto, desde una mirada renovada aquello que quizás me emocionó y ya no lo recuerdo con exactitud. Tal vez también sea bueno olvidarse de las cosas.
