Rabia

Por Franco Rosso

Miércoles 03 de junio de 2026

Voy a arrancar como lo hizo la tucumana Orphée en Dos veranos:A alguien de mi familia lo debe haber picado una víbora. Desde que amanece estoy rabioso.” Así. Con la genial frase de la Elvira entró a casa el Gordo el sábado y se tiró en el sillón despatarrándose por completo. Después agarró el control remoto y puso una serie random sin decir más que esa tremenda frase inicial. Empezar un día o un libro con esta oración es como si te deparara una seguidilla de aventuras en las horas posteriores que forman parte de una obra de arte. Pero no, el Gordo no se movió más del sillón, ni para fumar, ni tampoco dijo palabra alguna. Romina preparó unos vermús para los tres, esperando que el beber le soltara la lengua y nos contara su mal humor, su pesar extraño, como nunca. Demás está decir que era sábado y las once de la mañana. Día y horario ideal para compartir un vermú. Terminamos los tragos, hablamos naderías, cuestiones mundanas, pero solo atinó a contestar apenas un si un no o un tal vez. Nada más miró el televisor, como quien mira a la nada, al horizonte. Pensé que tendría que haberle cebado un mate amargo para que su semblante tuviera alguna relación con su pose de enajenado. Para colmo, para contrastar, este fin de semana en casa estábamos en modo off, en modo pos festejos, con un relax total atendiendo a toda la anterior semana que fue el caos, el suceder social que parecía no agotarse y que lo único que lograba agotar era nuestra batería social, que, para colmo, como sucede con las baterías viejas, cada vez dura menos. Optamos por dejarlo solo y continuar con el derrotero del sábado, tal vez de esa manera aflojaría en su rabia y nos contaría. Nos pusimos a cocinar algo al horno, algunas verduras, carnes adobadas, etc suponiendo que se quedaría a comer. Mientras tanto pensaba en algunas lecturas para darle. Pensaba en Rabia de Bizzio. En realidad, lo pensaba en modo de chiste, si le llegaba a dar el libro como tomándole el pelo, no me hablaba más, así que me guardé el comentario.

Se paró de golpe. Lo hizo en el momento menos esperado. Fue directo al seca platos y agarró un cuchillo. Hasta así estábamos con en un relato de Stephen King. Luego agarró un tenedor y respiramos. Abrió el horno, cortó un cacho de carne y se lo mandó a buche así de una, pasándolo de un lado a otro para no quemarse. Y como decían las maestras viejas nos largó veneno que guardaba en su más profundo silencio, “como si tuviera una papa caliente en la boca”: Se me fundió la Maleducada…