Quince

Por  Franco Rosso

Miércoles 27 de mayo de 2026

La primeras palabras que escribo sobre una hoja de Word en blanco son “no sé”. Así, a secas. Y puedo decir que entre las cosas que no sé, que son la mayoría, algunas me enojan por no saberlas. Me enoja no saber, y lo que mejor me sale es la desorganización y el caos. Creo que ya hablé sobre los cumpleaños y las celebraciones. Seguro dije que organizar estas fiestas son una especie de sufrimiento que no logro superar (por mi facilidad para la desorganización, claro, mi superpoder), pero por suerte para éstos menesteres está Romina que se encarga de que nada quede librado al azar. Si la organización de algo estaría en mis manos, obviamente fracasaría. No es que no me guste, es que mis formas del festejo son totalmente distintas a las convencionales, de todas maneras, a nadie le gustaría un festejo organizado a mi manera. Lo pienso y me rio: Sería algo muy amargo. El sábado fue el cumpleaños de Lisa. No cualquier cumpleaños. Cumplía quince años. No hicimos gran fiesta porque ella prefirió otras cosas, pero la casa se llenó de gente todo el fin de semana. No es que no hubo fiesta, es que la fiesta duró tres días y no nos dimos cuenta. Arrancó el sábado cuando llegó un grupo de amigas. Ahí fue el minuto cero, el arranque sistemático de la actividad. Se extendió hasta que perdimos la cuenta de las horas. Yo no sé si alguien de los invitados tocó las agujas del reloj, pero desde cierto momento del día en adelante, ese reloj de pared, que siempre fue un canto a la puntualidad, quedó clavado en las tres. Así como lo digo. Desde esa hora en adelante, ya no hubo horas que siguieran. Entonces los grupos de personas se fueron renovando, la gente entraba a la casa, algunos se iban, otros deambulaban por las habitaciones y la cocina, abrían la heladera, se preparaban comidas a gusto. Todo marchaba como en una sincronización exacta y desorganizada a la vez. La gente se renovaba y también se renovaba el saludo a Lisa, el cantar del Feliz cumpleaños, los besos, algunos regalos. Afuera el sol transcurría y bajaba con absoluta normalidad y luego la luna, la alta noche, el frío, la madrugada, el amanecer. Adentro no existía el afuera. Romina preparaba sanguchitos para la gente y yo me dediqué a los alfajorcitos de maicena. Esa primera noche cuando levanté la cabeza del plato de los alfajorcitos, el sol ya brillaba radiante. Pero el reloj siempre en las tres. La gente seguía su danza. Entraban, salían, se sentaban, caminaban entre habitaciones y así. En una de esas me pareció verlo pasar al Gordo masticando un alfajorcito de maicena. Creo que en el amontonamiento no me vio, pero tampoco atiné a llamarlo porque un grupo de pibes me llevó casi en andas hasta el parlante para poner música y lo perdí. Nuestra casa era una otra. Una entidad que latía y respiraba por si sola. No había cerraduras ni llaves, la gente entraba y salía a gusto. Los parientes también llegaron a la casa, renovaron el canto de cumpleaños y el saludo a Lisa, cinco veces más.  No pudimos hablar con ninguno. De lejos Romina saludó a su madre y le revoleó con un sanguchito para que lo probara. La madre le avisó que le pusiera un poco más de mayonesa porque estaban un tanto secos y esa fue toda la charla con los parientes. No es que no quisiéramos hablar con nadie, es que la producción de alfajorcitos y sanguches no nos dejaba hacer otra cosa, porque ni bien llegábamos a una pila de siete, todo volvía a cero y era un volver a empezar a producir. Vimos salir el sol por segunda vez. Las caras ya habían mutado. El paisaje ya no era el mismo que el del primer sol o el de la segunda noche. No, nada que ver, creo que ya era el turno de los amigos más viejos porque vi a las vueltas un par de cuarentones con canas. Ahí recién algunas caras se volvieron más amigables, conocidas. Ya casi no quedaban parientes. Algún primo lejano por algún rincón del living juntando las camperas para irse, pero no mucho más. Atardecía. El reloj de pared continuaba en las tres. Clavado. Afuera llegaba la tercera luna. La última dije. Y empecé un rally hasta el cajón del modular. Allí estaban las pilas. En el camino la crucé a Romina que ya cargaba un dolor de cervicales y unas ojeras tremendas. De casualidad nos miramos unos segundos sin llegar a decirnos nada. Llegué por fin al cajón y manotié las pilas. Un rato después me vi frente al reloj. Como en un abrir y cerrar de ojos. Le pedí a Ulises, que pasaba por allí, que me lo alcanzara porque estaba muy alto en un clavo en la pared. Me lo pasa. Le cambio las pilas.  El segundero da su primer balanceo fértil hacia la derecha. Marchaba. El tiempo marchaba. Bien, tarea cumplida me dije. Ahora el caos empezaba lentamente a organizarse. La hora volvía a simetrizarse con la naturaleza. La gente iba desamuchándose y ya los lugares empezaban a tener cierta holgura.  La tercera noche, al fin, fue una noche en el reloj y en el afuera. En casa. Sin hormigueos que zigzaguaear ni pilas de alfajorcitos que abastecer.

Así fue el cumple de Lisa. O así pude verlo dentro de las cosas que no sé.