Presentar
Por Franco Rosso
Miércoles 16 de septiembre de 2026
Los escritores tenemos una particularidad: presentar los libros en sociedad. Como vi por ahí, cuando los animales en un zoológico presentan sus crías recién nacidas al público o como esa moda que circula por ahí de presentar en sociedad de que sexo nacerá la criatura de la pareja moderna. Digo nacerá y no será, porque el destino luego podrá hacer lo suyo y ya no hay certezas que valgan. El escritor frente a su libro recién nacido, (y a veces no tan recién nacido, ya que las presentaciones pueden prolongarse en el tiempo y realizarse con uno o dos años de vida y más también) no tiene certezas. Certezas, digo, en cuanto a su destino. El escritor solo sabe que lo escribió, lo demás corre por cuenta de un tercero, de la parte fundamental de la rueda: un lector. Sin lector no hay libro posible, por más que a veces alguien trate de engañarnos diciendo yo escribo para mí. Claro, escribís para vos, pero publicas para nosotros lectores. Ok, pero volviendo al acto en sí de lo que es o implica una presentación podemos decir que es todo un acontecimiento, pero no es único ni irrepetible, ya que contiene replicas en el tiempo. Personalmente, la verdad, es que algunas me aburren, otras me divierten y otras me resultan lentas y así. Por lo general están buenas, pero poco divertidas. Acá hay que tener en cuenta que el término diversión dicho por alguien del ambiente de la literatura puede variar de su acepción común y popular. Isidoro Blaisten en su archifamoso y excelentísimo Anticonferencias tiene un capítulo en donde propone diecinueve consejos para presentar un libro. Una joya que les recomiendo y que el profe Mauro en su viaje a Gessel desestimó, imperdonablemente, en un canje. A lo que iba es que estuvimos hace poco presentando algunos libros, (todos ajenos, obvio yo no escribo) y uno descubre que los públicos son muy distintos según la zona y el lugar. Hay públicos preguntones, públicos apáticos, públicos indiferentes, públicos tibios, y muchas otras acepciones que alcanzarían por completo el abanico de emociones. Nuestro público siempre es divertido. Yo creo que va dispuesto a reírse un rato o divertirse o no sé, pero los comentarios en el hall de ingreso son siempre augurando pasar un rato divertido y emocionante. Por mi parte yo creo que, si quisiera pasar un rato divertido, al último lugar que iría sería a una presentación de libros. Miento, otra vez. Tal vez el penúltimo. Hay que desmitificar algunas cosas. Una presentación de libros, si los que están arriba del estrado no son interesantes, todo se transforma en un lastre. Sea amigo, amiga o no. Hay presentaciones con tal grado de chatura, falso bagaje intelectual y pedantería explícita, que parecen datar del siglo XIX en pleno veintiuno. Unos bodrios que muchas veces uno debe (que no es lo mismo que quiere) fumarse. Me contaba una profesora de literatura amiga que cierta vez no pudo negarse a presentar una bazofia con tapa dura y centenarias páginas de letra muerta. Esta profe, muy correcta ella, un amor, buscó todas las formas elegantes para poder evadir el acontecimiento, pero no hubo caso. Las razones del escritor fueron más fuertes que las excusas. Son esos momentos que la voluntad saca pecho, respira y dice y bue…si no queda otra… La verdad que es todo un padecimiento hacer de presentador de un libro que no despierta ni sospechas en uno. Gajes del oficio. Por eso, según el consejo de Isidoro, uno siempre debe buscar a un par de amigos que le presenten el libro. Esos de fierro, que van a hablar maravillas de uno, y que si no le gustó el libro van a buscar la veta para hacerte quedar bien de una. Estos nunca defraudan por más que de literatura sepan poco.
El viernes pasado el profe Mauro siguió los consejos de Blaisten (del libro que algún verano no prefirió llevar del anaquel) y nos invitó a Santiago y a mí para que le presentemos el libro. Obvio que fuimos, peinados y perfumados ad hoc. Obvio, también, que fue un éxito, tal como lo describe Isidoro. Hablamos bien del escritor, dijimos que la obra era buenísima, flores de aquí, flores de allá, flores de Bach, la primavera que venía llegando y que el mundo hubiera sido distinto sin su existencia. El profe Mauro sabe de estas cosas y se aseguró el bochazo. Memorizó once dedicatorias distintas y las usó según lo ameritaba la ocasión en la larga fila que tuvo para firmar los ejemplares. Luego llegó la hora del vino y los tíos solterones y las mujeres en tapados de piel dejaron el recinto encantados. Siempre digo que lo mejor de las presentaciones viene después, en los camarines, en el pospartido, cuando quedan los menos, los allegados. Allí se cuecen las habas del todo sin que nadie se entere.
