Plastilina
Por Franco Rosso
Miércoles 22 de julio de 2026
Los argentinos, por decir con argentinos una generalidad, somos de plastilina. La plastilina es uno de los primeros elementos que usan los niños para interactuar en los inicios de la escolarización, más precisamente en el jardín de infantes y tal vez desde antes: en la primera niñez. Es el primer objeto al que una niñez accede y le da su forma personal y única. Podríamos decir también que estamos hechos de barro (como dice Gieco) o de arcilla, pero se nos cae rápido esa hipótesis. Coincidimos en que el barro con el paso del tiempo se seca, se endurece y resquebraja. La plastilina no. No endurece jamás y su maleabilidad permanece intacta al paso del tiempo. Se adapta a los dedos, a las formas, se estira, se redondea, se aplasta, se divide, rellena, se une, sobre todo: se unifica. Pero no pierde su esencia, su tersura, su suavidad, su elasticidad a las formas, a los ripios, a los pliegues, a los quiebres. El gen argentino es de plastilina. Está dotado de todas esas cualidades y algunas más. Es sin duda el elemento perfecto que define al ser Argento (aunque a mi amigo el doctor canoso no le seduzca la palabra argento) Con Nicolás creemos que un argentino inventó el abrazo y si no lo hizo, como tampoco inventó el fútbol, seguramente fue quien mejor lo supo usar. No conozco otro país en el mundo que su gente abrace como lo hace alguien de nosotros. Los abrazos nuestros también son de plastilina. Cuando abrazamos nos amalgamamos al otro, lo sentimos, nos mezclamos largo tiempo, el necesario. Abrazar es mucho más que palmearse la espalda que, en todo caso, debe ser lo más frio de la acción de abrazar. Abrazar y abrasar tienen también que ver con el fuego. Contener en brasas al otro, mantenerlo encendido, y que se deshaga en chispas. Y acá no importa el sexo, el color, la altura ni la edad del abrazado, cuando se trata de abrazar somos campeones. Por eso también saludamos con un abrazo en una carta, en un mail, en un wsp: Te mando un abrazo. Nadie, absolutamente nadie en el mundo envía abrazos en letras mas que el argentino. Con esto no estoy haciendo ninguna apología cursi del abrazo, ni del cariño de un pueblo, ni de falsos (releyendo me doy cuenta que quise escribir falsos y la letra S no se tipeó y me quedó la palabra falos, que tampoco vendría mal aquí: falos orgullos) orgullos ni farfullerías baratas de soy argentino ¿y qué? No. Ni siquiera estoy hablando de un pueblo o nación, sino de un gen: el gen de plastilina o también llamado el gen de poxilina. Dice el doctor canoso Nicolás que dentro de este contexto de amalgamas entre lo político y lo futbolístico (ambas partes de la poxilina, indivisibles pese a quien le pese) parece que el argentino macho está aprendiendo a lagrimear. El tango nos tapó el lagrimal al macho, pero el fútbol está empezando a dejar aflorar ese llanto reprimido, lo está plastilinizando. Nadie podría imaginar que alguien que es experto en el abrazar no llora. Entonces parece que, viéndolo así, perder tampoco está tan malo. Nicolás insiste en que uno aprende de las derrotas victoriosas, que no precisamente son un fracaso rotundo o solo fracaso como tal, que eso tiene más que ver con que el resultado es distinto al anhelado. Pero que la verdadera victoria está en los procesos que llevan a ese final. Esas derrotas victoriosas son las que sin quererlo o sin forzarlas, sedimentan. Ese sedimento que se acumula en el fondo es lo que parece que ahora está empezando a moverse y a salir a superficie y es el amasijo ideal que el argentino está moldeando. De a poco.
Charlamos de estas cosas con Nicolás y el Gordo. Nos llamamos para el día del amigo. Nos acordamos, porque fue el día del amigo, pero el resultado del mundial de fútbol opacó todo festejo, no obstante, nos hablamos. No somos muy afines a estos eventos comerciales, pero es una excusa para recordarnos, aunque sea una vez al año. Como dijo Borges: parece que la amistad no necesita frecuencias que el amor sí. En fin, charlamos sobre este posible mundo de plastilina que imaginábamos lejano. Sobre todo, en esta distopía argentina que dura un mes, pero que elegimos creer que de a poco decanta el sedimento y que, con cada vez, por más que pasen cuatro años, algo queda. Y es justo ahí: cuando el resultado no es la victoria esperada. Se festeja. No el futbol en sí, se festejan esas pequeñas miguitas de plastilina, que ahora entran en movimiento lento, como una lámpara de lava y muy de a poco, muy de a poco, van a remoldear el gen argentino. El abrazo es argentino. La plastilina como forma de vida.
