Extrano

Por Franco Rosso

miercoles 6 de mayo de 2026

Hay días en los que el Gordo está, como los chicos, en la edad de los ¿por qué? Obvio que no como los niños que nos pueden llegar a preguntar hasta por qué brilla el sol y le tiramos con la respuesta más a mano y básica que tenemos: porque es una bola de fuego. Lo del Gordo es un tanto más intrincado y a veces desconcertante. El sábado, bien tarde, escucho que venía desde la vereda ese ruido inconfundible: La Maleducada, me dije. Inconfundible, ¿quién más? Traía un libro bajo el brazo, y antes de que le pregunte algo o lo salude, se saca el casco y me dice la frase (frase en la que él resume su vida y cree que su derrotero es una película en 35mm, aplaudida en Holywood, Cannes y San Sebastián, pero que en realidad es un Chatrán sin tantas aventuras): ¿No sabés lo que me pasó? Abro otro paréntesis: También creo que ya es su frase de cabecera. Me contó que el viernes, volviendo para su casa desde el laburo agarra algo con la rueda de la moto, un salto, tipo un lomo de burro que lo desestabiliza y lo hace frenar casi de golpe para no caerse.  Cuando vuelve a ver que era lo que había hecho darle el sacudón se lleva la sorpresa: era un libro. Yo creo que uno puede chocar o pasar por arriba infinidades de objetos, animales y hasta personas en algún accidente, pero chocarse un libro con la moto, pasarlo por arriba, jamás lo había escuchado. Siempre a primeras no hay que creer estas cosas, incluso hay que empezar a pedir detalles, pruebas, datos, pero el Gordo las tenía. Había traído el ejemplar que atropelló y no solo eso, sino que ya lo había leído. -Mirá, me dijo. Sara Gallardo, Los Galgos, Los Galgos. Y una marca de barro de la rueda que le cruzaba toda la tapa. Porque también eso: el Gordo no atropella cualquier cosa, ni un best sellers pasatista, ni autoayuda para doña Flora, ni antologías baratas autopublicadas, ni libros míos. No, el tipo atropella uno de la Gallardo. En fin, chiste va chiste viene, charlamos sobre el libro, sobre la genia de Sara. Nos preguntábamos con el Gordo sobre cómo uno llega a un libro o a un autor. Son esas preguntas a las que no hay una respuesta fija, pero si hay algunos lugares comunes en ellas. Ya vimos que él llega de formas extrañas y a esas nos referíamos. ¿Cuál fue la forma más extraña en la que llegué a un libro? La clásica: es la recomendación de boca en boca. A esa no le tengo tanta fe si la persona que me lo recomienda no sabe de mis gustos, o inclinaciones lectoras. Y en la clásica hay variantes en los estílos de recomendar: El imperativo (tenés que leerlo sí o sí o sos un boludo) y el estilo deductivo asociativo (si te gustó la Gallardo tal vez te guste o puedas leer a la Orpheé y algo de la Almada, etc…) Obvio que me quedo con el segundo estilo, no creo que el primero haya funcionado con alguien. Pero no íbamos a esas formas, sino más bien a las formas personales de llegar a un autor o título, como la situación extraña de pasar el objeto por arriba con la rueda de una moto. Hago memoria y trato de buscar cual fue mi anécdota más rara con un libro. No encuentro a primera vista. Creo que la que más usé fue la de llegar a autores a través de la música, de otras lecturas, tal vez de películas, nada de otro mundo. Esas cosas distópicas le pasan solo al Gordo. Lo que sí recuerdo, hablando de la Gallardo, es ir siempre a un canje de libros y revisando en sus bateas siempre encontraba ejemplares de Eisejuaz, como si alguien hubiera ido con una carretilla llena de estos libros y los hubiera desparramados por todas las estanterías. Estaban por todos lados, en cada sección que bichigiaba había uno: Libros de cocina, de bordado, un Eisejuaz. Libro de mecánica, “arréglelo usted mismo”, un Eisejuaz. Y así. Se repetía incansablemente, era una edición en color azul y celeste que pertenecía a una colección del diario Clarín, creo. Creo que de tanto verlo día tras día, lo llevé. No me arrepentí nunca. El Gordo, entre ires y venires se dedicó a pasarme por arriba la biblioteca y como seguía manija, me asaltó la colección completa de Sara. Después te los traigo, dijo, y los mandó a la mochila. Se salvaron los Galgos que quedaron huérfanos en el anaquel.