Dedicatorias.

Por Franco Rosso

Miércoles 2 de septiembre de 2026

Las ferias de libros son un zoológico interesante y agotador a veces. No me atraen tanto porque siento que de tanto que hay, no hay nada que yo pueda descubrir. Me atraen más los canjes, los libros usados o el factor sorpresa de encontrarme con algo inesperado y que me seduzca. Ya tampoco voy tanto a los canjes. Eso me implica disponer de un tiempo largo que casi no tengo. Me gusta revisar los cajones, me gusta revolver, buscar, encontrar a un Dostoievski en el estante de libros de cocina, a un Sartre entre los de autoayuda y a Patoruzito compartiendo podio con los latinoamericanos. Los canjes a diferencia de las ferias, son un despelote hermoso. Con esto no quiero decir que no me gusten las ferias de libros, pero cuando la magnitud y la multitud son sinónimos, me espantan. En Córdoba vivía justo arriba de uno de estos canjes. Era mi lugar de esparcimiento para llenar algunos tiempos muertos que tenía en ese entonces. Estoy hablando de finales de los noventas donde trocar cosas se empezaba a volver una forma habitual de subsistencia. En los canjes creo que encontré gran parte de la mejor literatura que leí. Colecciones completas de autores que fui rastreando, obvio que no siempre en el mismo lugar, y que no pague más que apenas unos pesos por ellos. Las ferias, claro, son otra cosa. Igual también frecuento y frecuenté innumerables ferias en distintas ciudades, algunas más organizadas que otras, menos populares que otras y cada una con su estilo particular. El punto a favor de las ferias es que puedo encontrar literatura autóctona del lugar que la organiza. Autores que solamente se pueden conseguir en estas ferias de pueblos o de ciudades del interior.

El domingo volvíamos de la feria de Santa Fe a la que fuimos a acompañar a Santiago que presentaba su libro. Y entre algunos mates charlábamos de las dedicatorias que se ponen en los libros. Isidoro Blaisten tiene en su perenne Anticonferencias un tratado sobre las dedicatorias de libros: del autor al lector, que es imperdible. Y sí, es una tarea poco amigable dedicar libros cuando ya la imaginación no abunda. Cuando el lugar común entra a ser caballito de batalla y el “con cariño” o el “afectuosamente” se vuelven irremediablemente repetitivos Abro paréntesis para pedir disculpas si a alguien alguna vez le puse un “con cariño” debo haber carecido de imaginación in situ. Cierro paréntesis. También coincidíamos en que ya las dedicatorias no vienen como antes. Una de las causas creo que es la velocidad de la vida misma. La rutina, el desgano, y la pereza del trazo a mano. Imagino a esos escritores que van a las ferias del libro a firmar ejemplares y se me viene la imagen del agobio personificado. Me pregunto ¿qué pondrán al quinto ejemplar firmado? Cuantas frases tendrán agendadas para no caer en la hecha. Tal vez haya algunos a los que les encante este trabajo no remunerado y estén felices de hacerlo, no los culpo ni los juzgo, por el contrario: los admiro. Yo creo que renunciaría a la tercera dedicatoria. En fin, no quiero hacer de eso ninguna apología del sufrimiento. En los canjes, y esto es otra magia, suelen aparecer de estos libros que en su primera página tienen dedicatorias. Lo primero que pienso es en cuánto lo debe haber estimado al autor firmante, el receptor de esa dedicatoria para que el ejemplar termine en un anaquel perdido entre un Manual Kapeluz y un Historia del Mundo de la colección de Anteojito. Nada. Igual habría que rastrear qué fue de la vida de aquel destinatario de la dedicatoria. Tal vez ya hubiera fallecido y a sus deudos no les importó dejar en un canje una primera edición de El Limonero Real con la estampa en la segunda hoja de puño y letra “Para Eulalio, Afectuosamente, J Saer”.  En este caso creo que Eulalio definitivamente ya no estaría entre nosotros. En fin. Una vez encontré una dedicatoria en un libro, que no recuerdo cual era, pero que tenía una extensión de dos carillas. Con una caligrafía envidiable y notablemente escrita con una pluma a cartucho de tinta. Hermosa. Toda una declaración de principios deseando que el libro fuera del agrado de Jimena, (pongámosle así, porque estaba dedicado a una mujer) y con una poesía en su contenido pocas veces vista. Parece que a Jimena no le importó demasiado el tiempo empeñado en esas dos carillas y terminó olvidado en un canje de una peatonal cordobesa. Una desagradecida la Jimena. Pero bueno, cuando hablo de la magia de los canjes, hablo de estas cosas. Dedicatorias olvidadas, boletos de colectivos como señaladores, anotaciones al margen, fotos, papelitos de caramelos o chocolatines. Cosas mágicas que traen algunos libros y que no se consiguen más que en estos lugares. Igual, después, pensándolo bien, está bárbaro que todavía existan personas que dediquen sus libros y gente que compre libros y los dedique cuando los regala. También está bueno que luego esos mismos ejemplares aparezcan en los canjes que frecuento y los compre solo por su dedicatoria, que muchas veces, tiene más valor que el contenido mismo del libro.