Cuatrienal

Por Franco Rosso
Miércoles 8 de Junio de 2026

El fútbol en Argentina se vive muy diferente a cualquier parte del mundo y no estoy descubriendo nada porque esta es una frase utilizada hasta el hartazgo. Hay muchas críticas al respecto, sobre todo con el fútbol local, su organización, su folclore, etc. El argentino es rebuscado con estas cuestiones, exigente, interesado (algo que tal vez no sea con otras…). Como para dar una idea de lo que es el fútbol telúrico, le cuento a modo de comparación a aquel desprevenido u ocasional hincha que se fanatiza cada cuatro años hasta las lágrimas, que al hincha del club de la ciudad o del barrio o de la provincia, le sucede lo mismo domingo tras domingo. Es difícil contarlo de otra forma, pero es el sentimiento más a mano y que cualquiera puede imaginar y ponerse en la piel de aquél que mantiene la ilusión, semana a semana. Ok, puedo hablar de mi club o del tuyo o de cualquiera, pero visto que estamos en medio de un mundial, y después de haber ganado con las manos en el rabo, no puedo no hablar de este evento. Aparte de eso, también necesito decir que el Gordo es de esos hinchas cuatrienales. No vino a ver el partido a casa, fingió demencia, dijo que se le complicaba llegar y que no hay cábala posible porque no las tuvo en los partidos anteriores, (aunque ya sabemos que tuvo puesto el slip agujereado que usa para ocasiones especiales como éstas).

Estaba en esto de escribir la columna, tratando de plasmar en unas pocas líneas el sentimiento del hincha, eso inexplicable desde un solo punto de vista, cuando recibo un audio del Gordo diciendo que estuvo trabajando toda la semana en un texto. Me asombré primero. Luego bingo, dije. Sonamos, pensé al final, se le dio por escribir, también. Al rato me envió un Word. El texto estaba bastante bien y dijo que tenía una idea para contar una ficción, porque dice que estuvo en los festejos del partido y le cayó la inspiración y que le sale fácil y quería escribir algo al respecto del mundial. Como que se sintió llamado a hacer justicia poética, dijo. Les comparto:

En Esta Ciudad todo está cronometrado, medido, consensuado. Todo. La hora del almuerzo, la comida, la siesta, la noche. Todo. Y todo aquello que atentara contra el orden estricto y las buenas costumbres, la G.d.B (Guardia del Bien) que ejercía el poder de policía de la ciudad, se encargaba de restaurar el orden anterior. Hasta ahí toda la ciudad funcionaba sin inconvenientes. El intendente feliz, los concejales felices, los oficinistas felices, los fabricantes felices. Todos felices.

El tema sucedía cada cuatro años. Exactamente cada cuatro años cuando se disputaba el mundial de fútbol y, sobre todo, cuando jugaba la selección, pero más sobre todo de todo a la hora de los festejos. Cuando dije que todo estaba organizado también me refiero a que los goles no pueden gritarse, sino festejarse en un tono prudente. El pospartido era el verdadero problema. La hora en que todo algunas cosas se ponían extrañas. Aunque, como todo en esa ciudad, los festejos también estaban organizados y era así: Final del partido la mitad sur de la ciudad llegaba a la avenida central y se quedaba allí girando en el auto en la vuelta al perro o saltando en el medio de la avenida. Todo eso debía suceder ni bien finalizaba el partido. Hasta media hora después. Luego llegaba la mitad norte de la ciudad y culminaba los festejos sin horarios, por lo general, aunque no se estiraba más allá de hora, hora y piquito. Viéndolo así no hay dudas de que todo funciona, pero hay grises que todavía no logra solucionar nadie. Cuento los grises: La mitad sur llega primero a los festejos porque llegan en automóviles. Esto hace que los tiempos sean más cortos. La mitad norte llega después porque lo hace mayormente de a pie. La mitad sur tiene un tiempo promedio de festejo de 30 minutos porque se aburre o debe volver a sus empleos o tiene el tiempo destinado a otras actividades ya previstas. La mitad norte no tiene otra obligación más que llegar a su casa en algún momento. Sin compromisos. Todo normal, ¿no? Bueno lo picante es el intercambio de mitades. Cuando se mezclan los que llegan y los que se van. Claro, mucho tampoco se toleran porque unos dicen que los otros tienen coronita y así. Entonces hay pica, a pesar de que se festeja por la misma causa. Los de Norte los acusan a los del sur de monopolizar la alegría y decir que solo sus festejos son válidos porque son sanos. Los del Sur acusan a los del norte de llegar y hacer desmanes, gritar más de la cuenta y hasta andar sin remera en un festejo tan familiar como lo es ese. Los del Norte acusan a los del Sur de enviarles a la G.d.B a que irrumpa en los festejos y ocasione desentendidos con la mitad Norte que festeja sin tapujos en las calles. Los del Sur acusan a los del Norte de beber más de una cerveza en la vía pública y luego arrojar los envases de lata a los tachos de basura de “no recuperables”. Esos grises y muchos otros hacen que últimamente los festejos se empañen y todo termine en una gresca acusatoria en redes sociales, llamándose burlonamente: blancos y marrones.

En este último festejo vimos como la G.d.B tuvo que intervenir más de la cuenta y arrojó un disparo de salva al aire para dispersar. El intendente de Esta Ciudad está harto. Tuvo que gastar en un cartucho de salva y dice que un par de partidos más y se le va el presupuesto anual solo en cartuchos. No sabe qué hacer para paliar la situación. Para colmo, el último censo arrojó que la mitad Norte tuvo un gran crecimiento y ya eran mayoría por apenas quince personas votantes más que en el Sur, pero mayoría al fin.

Para terminar, no hay festejos en paz en Esta Ciudad.

Le dije al Gordo que tenía muchos detalles a revisar, pero que lo iba a hacer público (en realidad le faltaba huevo, como dice la tribuna) pero que no le perdonaba que no hubiera venido a verlo a casa. Me pidió disculpas y me dijo estar ya preparando el ajuar para el sábado por la noche para hacer un recorrido por la cultura suiza.

El futbol es aglutinante en Argentina y en Sudamérica toda. Entiendo que es más lo que une que lo que separa, más allá de los grises y sinsentidos. El hincha (a lo Discepolín o como bien lo describe Galeano) no acepta más que la victoria y perder se transforma en un trauma que dura una semana. La literatura sabe más de fracasos que de victorias. El futbol tiene conflictos, nudos en la garganta, momentos felices y malos tragos, desenlaces trágicos y finales felices. Al fin y al cabo, parece nomás que todo es literatura, aunque alguien en Esta Ciudad diga que no se le parece.