Creación
Por Franco Rosso
Miércoles 14 de octubre de 2026
Puedo recordar un sueño que tuve hace dos noches. Resulta que el personaje del sueño, el cual nunca diré que soy yo, pero que piensa, actúa y habla como yo, pero que no soy yo: es el narrador interactuante, se encontraba con un grupo de personas. Eran pibes conocidos, no amigos, conocidos o amigos de amigos. Todos lo saludaban, incluso iban llegando a la ronda y los saludos se hacían más efervescentes con cada uno que llegaba, como si el factor sorpresa se iría haciendo cada vez mayor. Así llega el último a la ronda y en ese fervor de la sorpresa llega Adolfito, con un pelo largo hasta debajo de los hombros, tez delgada, petiso y pizpireta, como lo recordaba y como también lo recordaba el narrador. El sueño terminaba con el narrador lleno de una felicidad grupal por haberse reencontrado con estas personas. Podría ponerles nombres a estos personajes, incluso recuerdo el de todos allí, pero voy a omitirlos para no dejar afuera a nadie. Lo curioso es que ninguno de ellos, en la realidad, fue amigo mío, sino solo conocidos, pero la alegría era como la de haberme encontrado después de muchos años con mis mejores amigos. Julio Cortazar tiene un cuento que se llama La noche boca arriba, en donde (a grandes rasgos) comienza contando en que un motociclista tiene un accidente atropellando a una mujer y que despierta en una cama de un hospital. Luego la historia continúa en que este personaje es un nativo de una tribu mexicana y que lo persigue un grupo de Aztecas, lo atrapan y lo ponen sobre una pira para ejecutarlo. El personaje se despierta y ve que está en una cama de hospital, que había tenido un accidente y aliviado vuelve a dormirse creyendo que todo había sido un sueño. Vuelve a despertar y ahora es otra vez el nativo que están a punto de ejecutar y que lo del accidente en moto había sido un sueño. ¿Cuál es la realidad? Nos preguntamos. ¿puede un nativo mexicano soñar que conducía una motocicleta, que chocaba a una mujer, que lo subían a una ambulancia y que ahora estaba en la cama de un hospital? ¿puede? ¿Qué se rompe allí? ¿Se sueña lo que no pasó? El plano real pretendido a veces es confuso. Por supuesto, nos dice Julio, que todas esas preguntas son posibles y nos mete en esa noche, boca arriba, en la que en un principio no sabemos cuál es la realidad y cual el sueño. La realidad fragmentada es posible dentro de lo onírico y viceversa. Soñar, dice Vignoli que está dentro del plano de lo premonitorio. Ella retoma el concepto ancestral del sueño para afirmar tal cosa. Tal vez me quede con esa acepción posible. Retomo el sueño del encuentro del grupo de amigos. Tal vez no haya sido el sueño más feliz que recuerde, pero sí uno de los más vívidos, de los que más llenaron esa línea difusa con la realidad. Estos sueños tal vez sean fragmentos de una realidad próxima, tal vez aún no llegaron como realidad y se quedan, momentáneamente, en esa construcción mental, como dice la seño Selva cuando habla del miedo a la hoja en blanco. Que eso no existe, que es un paso intermedio de la creación. Que el texto se comienza a escribir mucho antes que el llegar a la hoja, a la pálida, a la llanura del papel o pantalla de bordes azules. Que, por consiguiente, no hay tal miedo, que es una excusa. Entiendo también que es así y adhiero a esta posición de un temor infundado. Claro, creo que no comienza todo ahí, que viene de mucho antes, días, meses, años de escribir en el aire. De recordar sueños, de hacer asociaciones mentales, de giros impensados, de no linealidades en cuanto a una historia. Viene de engarces que se enriquecen con el transcurrir mismo de la cotidianeidad. El papel en blanco es una segunda o tercera fase del proceso. El sueño, entonces, forma parte de la creación cotidiana de realidad, aunque parezca lejano. Esa hoja en blanco de la creación en donde es posible lo difuso y el miedo.
