Colores
Por Franco Rosso
Miércoles 5 de agosto de 2026
El Gordo me pidió que lo acompañase a comprar ropa. Es toda una odisea conseguir ropa porque tiene un gusto muy particular. No te va a comprar cualquier remerita o cualquier pilcha, no, el Gordo pone el ojo y dice quiero esa y tiene que ser esa. Recorrimos unas seis o siete tiendas cosa que nos llevó un día comercial completo. Lo que vimos fue muy variado, dispar, en cuanto a sus confecciones, diseños, raya más raya menos, dibujo más dibujo menos. Pero hubo algo en que coincidieron absolutamente todas las que entramos y también las que no entramos, pero chusmeamos desde las vidrieras: los tonos y colores de la ropa giraban únicamente entre los blancos, negros, azules y grises. Un par de variantes y nada más. No hay un solo color. Voy a afirmar que los que fuimos adolescentes en los noventa, fuimos una de las últimas generaciones a color. Ya no hay colores, todo es blanco o negro. Y no es un capricho mío decir que ya no hay colores, salta a la vista la obviedad. Todo. La ropa, principalmente, fue lo que más colores perdió. Ojo, tengamos en cuenta la historia (paréntesis ordenatorio) los ochenta fue el furor de los colores, la panacea, la meca del colorinche, la sublevación del reviente acartonado, el súmmum del arco iris. Y fue tan extrema la adoración que aquellos ochenta dieron como resultado el nacimiento de los colores flúo. Son como la sobredosis del color, la exacerbación del technicolor. El color flúo debe haber sido uno de los mejores inventos en cuanto a estética visual. Hermoso. Bueno, parece que todo eso se ha ido destiñendo. Los colores de la vida misma, digo. De aquellas marquesinas de neón que cruzaban las calles, encendiendo y apagando, pasamos a guirnaldas de focos amarillezcos y de ahí a tiras led blancas frías. Un degradé de la paleta que se fue apagando. Y ¿por qué? nos preguntamos ¿Quién nos hizo creer que la vida sin colores era más cool? ¿Quién nos mueve la paleta de colores del mundo? Me pregunto. Al Gordo le encantan los colores. Él en ese sentido es como yo, cuanto más colores en la ropa, en los accesorios, en la vida en sí, mejor. Hacíamos la misma observación: desaparecieron, no hay más colores en ningún aspecto de la cotidianeidad. Los pibes vestidos (todos) de un monótono negro con combinaciones en blanco y con suerte por ahí algún gris o azul. Y basta. No hay más color posible. Lo raro de esto, (me apunta el Gordo mientras se prueba una remera negra con un dibujo de Mark & Richards de SunSurf, ícono de los ochenta-noventa entre la gente del surf de la costa atlántica) es que, según él, a alguien se le ocurre un día que debe ser así y el rebaño sigue detrás. Lo que quiere decir con esto es lo que sucede con las modas. Son direccionadas y decididas por alguien: una marca, un diseñador, un artista, un alguien que resuelve por las masas, como en todo aspecto, bah…Así, entonces, dejamos arrebatarnos los colores y nosotros tan sin darnos cuenta. Visto desde algún modo esto no deja de ser algo trágico. Me hace acordar a la rana en la olla calentándose hasta hervir sin darnos cuenta de lo que iba sucediendo. El Gordo, nostálgico tradicional, sigue vistiendo de colores siempre. Dice que es un luchador de la cultura pop colorinche. Que llevar colores o ver colores combinados de formas únicas, a veces es lo único que le saca una sonrisa. El color favorito del Gordo es el verde, en todas sus variantes. El mío es el rosado. También en sus variantes. En casa ya lo saben entonces todo lo que me regalan tiene algo rosa. Los colores son asociados a infinidades de cosas, a ambos sexo, a la muerte, a la esperanza a la pureza, a la pasión. Y como prueba de esto te dicto en orden los colores en los que pensaste mientras leías lo que enumeré antes (celeste y rosado, negro, verde, blanco y rojo) No, no soy adivino, hay algo o alguien que lo estableció así y todos le creímos, desgraciadamente. Por eso con el Gordo no compatibilizamos con las ataduras de los colores, más bien, tratamos de andar sin que nadie nos diga que colores debemos combinar.
Ocho menos cinco. Nos corrieron del último local de ropa y terminamos sin comprar una pilcha. Subimos a la Maleducada y rumbeamos para el barrio. Una pincelada oscura de realidad.
