Charla

Por Franco Rosso

Miércoles 12 de agosto de 2026

Con el cambio constante de la tecnología y sobre todo con el avance de las comunicaciones, se fue perdiendo eso de atender el tel y preguntar ¿Quién habla? Y enseguida llevarse la sorpresa de que es un amigo que hace tiempo que uno no sabe de él o algún pariente olvidado o alguna piba a la que le diste tu número en el boliche el fin de semana y que lo encontró de casualidad y te llamó para ver qué onda. No, no hay más sorpresas en eso. Ahora podés decidir si atender o no, si responder con algún mensaje o clavar el visto. Igual, el otro día me llamó mi amigo Nicolás, psicólogo de elección y músico de profesión y fue una grata sorpresa. Nicolás vive en Tostado y solemos tener largas charlas telefónicas. Charlas en mensajes de audios, esparcidas durante el año. Atiendo. Mi primera frase es siempre la misma: (trayendo a Isidoro Blaistein) Hola, ¡No me cure la locura, doctor, que es lo único que tengo! Las risas del otro lado están siempre, y conociendo al Nicolás, no son por compromiso, ahí están. Si alguna vez alguien fue a terapia sabrá que charlar con un psicólogo es un camino pantanoso. Uno trata de no ser incoherente y evitar la derivación a la pastilla salvadora. No sucede eso en estas charlas. Nicolás dice a modo de broma, que no me evalúa, que su ética profesional le prohíbe sacarle pacientes al psiquiatra. De todas maneras, le comento que hablar con él es de alguna manera hablarle a su yo psicólogo, que no se da cuenta, pero que me atiende sin obra social y que lo estoy estafando.

Con el Nicolás y con Luciano (un sacamuelas amoroso, reservado y fiel), cuando conocimos por primera vez la vida en una ciudad grande, compartimos pieza de pensión sobre calle Ituzaingó, en Nueva Córdoba en lo del Plumero, pero hablar de esa etapa sería otra historia. Años durísimos casi finales de los noventa y nosotros, tres pueblerinos que cruzábamos las avenidas a la defensiva como atajando pollos. Hasta que conocimos el semáforo y las sendas peatonales. Pero me fui por las ramas, en realidad el llamado del Nicolás iba en otra dirección. Arrancó, como a veces lo hace, con un: Escuchá esto: Luego me leyó un poema de un austríaco que no recuerdo el nombre, pero que hablaba sobre la dificultad de extrañar, y luego de la lectura me pide mi opinión sobre esto de extrañar. Le cuento que hace un tiempo reflexionábamos con el Gordo sobre esto de la capacidad de extrañar y que era uno de los sentimientos que están mutando a otra cosa, que aún no sabríamos como llamarlo pero que, por lo menos, está cambiando en su acepción primera. Extrañar, dice Durás conlleva algo de dolor inherente al cuerpo. Eso debe ser, me dice el locólogo Nicolás. Tal vez extrañar no sea más que una necesidad del cuerpo. Como una necesidad orgánica. Concluye. Aunque, agrega después de un ratito en silencio, estas comunicaciones, estas charlas, son un excelente placebo. Es así, como lo dice él. La charla continúa para distintos rumbos, algunos libros, algunas películas, cuestiones cotidianas, en fin. Las charlas sin prisa son de mis preferidas. Tiempo atrás disfrutábamos de estas conversaciones ciertas nochecitas, vermú de por medio, bajo el paraíso de su patio de tierra. Sobre todo, en los veranos en que el calor arreciaba. A veces se sumaba el Gordo otras Páez, otras el Fabián y en algunas ocasiones coincidíamos todos y alguno que otro más. Tal vez extrañar sea eso, insiste la voz de Nicolás del otro lado del tubo. Otras veces, esas mismas tardecitas conversábamos en silencio. La última vez que nos vimos escuchamos el disco Bocanada de Cerati y solo lo escuchamos en silencio. Una hora y nueve minutos. Fumando. Muchas veces practicamos esto de escuchar un disco. Es como ver una obra de teatro o leer un libro completo. Se puede. Los que tenemos la gimnasia de hacerlo o haberlo hecho coincidimos que es un momento bellísimo. Eso también es una charla, aunque solo nos hable otro. Aunque solo uno escuche. Escuchar, también, es una forma de conversar, me dice el Nicolás. Colgamos.