Banquete
Por Franco Rosso
Miércoles 10 de junio de 2026
El 91, había sido un verano redondo. Yo vacacionaba todos los veranos en casa de Lala desde los seis años y, por supuesto, al ser habitué de los veranos en Humberto me hice de un hermoso grupo de amigos. Sebastián fue uno de mis mejores amigos de ese grupo de verano. Seba era muy particular, una maquina de aventuras, con un espíritu totalmente libre y una personalidad extrovertida, amorosa que contrastaba un poco con la mía. imposible de aburrirnos a su lado. Aparte de todo eso, era hijo de un médico muy querido del pueblo. Por entonces escuchábamos música. La música formó parte de mi niñez, adolescencia, juventud, adultez y lo será en mi vejez sin duda. Abro un paréntesis acá: yo digo siempre que las canciones son como una especie de pen drive de momentos. Mi memoria asocia la música a un momento y de esta manera puedo recordar ese momento con todos los mínimos detalles que sucedieron, como si pusiera un pendrive de fotos y videos del hecho puntual. Cierro paréntesis. Seba tenía un gusto musical un poco distinto al mío, hasta entonces, pero buen gusto al fin. Él era de escuchar bandas más under, rocanroleras con distorsiones y yo era un poco más tranquis con mis gustos, más rock and pop. Dentro de su espectro, por esos años, comenzaron a sonar bandas como Hermética con un Iorio juvenil, Todos tus Muertos, Violadores un poco antes, entre otras. Pero también había otra banda de la que me hablaba constantemente, la de un tal Patricio Rey. A mi me sonaba de algún lado ese nombre, tal vez había escuchado alguna tema en las FM de ese momento, pero nada en profundidad como para que fuera una banda pen drive. Seba tenía un centro musical con todos los chiches, alto plagado de ecualizadores, bandeja giradiscos, doble casetera y hasta reproductor de cds., Toda una maravilla de la tecnología japonesa que comenzaba a rodearnos en esos años. En realidad, era de Nati la hermana mayor de Sebas, pero nosotros se lo usábamos con el volumen al palo. Ese enero principios del 91, una siesta de lluvia en la que no había pileta del Argentino, ni aventuras en la XR 250, ni mates con las chicas en la plaza, nos tiramos frente al Aiwa y Sebas me hizo escuchar por completo cuatro cds de esta banda que se llamaba extrañamente Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
-Escuchá esta banda, mono.
Dijo, y arrancó la batería y el saxo: los acordes de Barbazul vs el amor letal.
Pasaron los cuatro cds en continuado: Gulp, Oktubre, Un Baión y ¡Bang Bang! Y nosotros en silencio, solo escuchando canción tras canción. Sebastián no lo sabía entonces, porque yo para no ser menos le había dicho que ya conocía la banda, pero en realidad estaba maravillando con ese rock no tan distorsionado como el metal, ni tan suave como el pop. Estaba justo para mis oídos. Era el eslabón nexo entre mis gustos musicales y los del Seba.
Pasó enero, un verano más que se iba comenzando una década nueva. Febrero era el mes en el que yo dejaba la casa de Lala, que se me terminaban los privilegios de su amor de hijo único y volvía a Tostado. Estaba en eso de irme y no, (como Zama y el mono en el remolino) cuando llega Seba a saludarme, a despedirme hasta un próximo verano de aventuras adolescentes, que nunca faltaban. Pero no solo eso, se había tomado el trabajo de grabarme cuatro TDKs con los discos de los Redondos que habíamos escuchado en esa tarde de lluvia. No solo eso, sino que había dibujado cada tapa de cada disco en la cartulina del casete, como un Rocambole en Bic azul, y dentro, el nombre de cada tema y su duración. Sebas tenía trece años, uno más que yo. Él no lo sabía entonces, pero me estaba invitando al banquete más grande que nadie jamás me había invitado.
