Bangladesh
Por Franco Rosso
Miércoles 17 de junio de 2026
El Gordo hizo planes para ver el partido de la selección Argentina, como no podía ser de otra manera. Como ya sabemos, no es un futbolero nato, pero cuando se trata de tradiciones se pone la diez. Una tradición que siempre tuvimos fue juntarnos a ver los partidos de la selección con el vermú correspondiente, si amerita el horario, o lo que se adapte a la ocasión. Esta tradición viene desde Italia 90, que nos juntábamos con todo el grado a ver los partidos si no era que jugaban en horario escolar y lo veíamos en la escuela. Para ese mundial íbamos al sexto grado de la Normal 1251 en Tostado. El del 86 lo vivimos, pero de muy chicos, sin tv, por radio. De ese mundial tengo una sola imagen que les voy a describir: Lluvia. Vereda del barrio Fo.Na.Vi. Susana, Teté, Claudia, la Liliana, el Gusti, Cali y yo debajo de un par de paraguas en la puerta de rejas de la entrada a la casa de los Ferreyra, nuestros vecinos, escuchando con una Carina, como la del Anselmo, en la voz de un joven Víctor Hugo, los minutos finales de ese Argentina – Alemania. Tengo esa imagen. La veo desde unos metros, como desde la entrada de mi casa. Al principio no soy parte de esa ronda de sufrimientos, la veo. En la próxima viñeta ya lo soy Solo esa imagen me queda del 86, tal vez perdí varias con los años. Vuelvo al presente. Llegó el Gordo. La Maleducada sigue en terapia intensiva así que vino en bicicleta. Y acá viene el hacho curioso: llegó envuelto en una bandera de Banglaesh. Pasa sin saludar y va directo al patio a prender un pucho. Lo veo pasar con esa insólita bandera de un ignoto país a miles de kilómetros que para mi no tenía relación alguna con el partido a disputarse.
-Gordo… ¿Bangladesh? Le pregunto. Yo sabía que los bengalíes habían festejado el mundial pasado el campeonato logrado y que marcharon por las calles con una efusividad casi argenta, pero ellos, ahora: ¿nosotros con banderas de Bangladesh? Me sonaba raro. El argentino es solo argentino. Hay cuestiones que un argentino no puede dimensionar o llegar a comprender. Esto del amor popular hacia otra cultura u otro país es casi imposible para un argentino. No entra en nuestro imaginario. Imagínense tener un técnico de futbol de otro país dirigiendo la selección nacional. Impensado. A ningún argentino jamás se le cruzó por la cabeza esto, como si lo hacen otros países, menos se nos ocurriría salir a festejar en las calles un campeonato mundial ganado por otro país. Solo en una distopía de terror.
Entonces el Gordo me contó la posta, haciendo un poco de historia, de como viene ese amor bengalí, a pesar de que siempre le presté atención a Miguel Abuelo diciéndome que no nos enamoráramos nunca de aquél marinero. Parece que el tema del amor hacia Argentina, a la final también viene por cuestiones literarias, más allá de temas políticos. Me voy a enfocar en ese que es el más interesante. Según me cuenta el Gordo, parece que el filósofo y escritor Rabindranath Tagore, allá por 1924, había emprendido un viaje a Perú y por cuestiones de salud tuvo que quedarse en Argentina. Victoria Ocampo, seguidora y admiradora de este escritor decide tomar por las astas el tema de salud del indio y se dispone a los cuidados que requería ofreciéndole alojamiento en Miralrío que era una de sus mansiones de las Ocampos. Esta estadía se prolongó hasta casi un año y la Victoria, y su vínculo, fue tirando más a un romance amistoso, como quien dice. Esto generó unas relaciones protocolares entre ambos países, que ya venía de antes, sobre todo en el apoyo argentino a la independización de ese país para dejar de ser colonia inglesa y que se potenció aún más con el apoyo desde Bangladesh a la Argentina en la causa Malvinas. Y, más acá en el tiempo, todo se coronó con los dos goles del Diego a los ingleses. El Gordo me cuenta todo un poco resumido, pero a grandes rasgos la mano viene por ahí más otras cuestiones políticas bilaterales, que fueron fortaleciendo las relaciones bilaterales.
El partido estaba casi por empezar y mientras íbamos creciendo en expectativa, también empezaba a crecer mi amor por Bangladesh. Preparamos unos vinos con soda y Arrancó el partido. Nos echamos en el sillón con la bandera bengalí en la espalda, alentando por la selección, pero ahora, sintiéndonos un poco más bengalíes.
